Hoy les traemos un fragmento del libro "Sofoco" de la escritora colombiana Laura Ortiz Gómez, uno de los mejores ejemplos de literatura de relatos que ha pasado últimamente por nuestra estantería.
Así comienza el tercer cuento, "Esperar el alud", que tiene que ver, como buena parte de nuestro trabajo en los últimos años, con la defensa del agua y los ecosistemas:
"Te estás quedando dormido cuando la sangre se te remueve. Puedes jurar que afuera suena un bramido de montaña. Profesas con todos los sentidos que se viene una avalancha. Así en calzoncillo sales del rancho y nada. La noche hecha montaña, hecha río, está quieta. Podrías decir mansa. Abres la boca y lo dices: La Noche Está Mansa. Sombras dúctiles del río Cauca, que relampaguean. Sombra sobre sombra, ves tu rancho como gato en la noche. Hace semanas que no es lo mismo: sabes que se te viene encima el Cauca, pero cuando sales del rancho encuentras la misma noche quieta. Aprovechas para orinar y alguien te mira de atrás fijo. Te mira la nuca. Alguna vez alguien te dijo: cuida la nuca, Flower Jair, siempre cuida la nuca. Entonces te das vuelta y ves, en la rama de tamarindo, a un cóndor. 'Cóndores no entierran todos los días' fue una película que alguna vez viste cuando te importaba algo y te hacías el líder y recibías en tu casa a guerrilleritos lindos y pulcros de ciudad. Ahora que ya no te importa nada, te ha habitado un silencio que es sabiduría dura. La sabiduría de dormir, comer y cagar. Cóndores no hay en Ituango a la vera del Cauca. Te mueves bruscamente para que el bicho no piense que estás muerto. Cuando los grandes depredadores se mueven monte abajo, algo está mal. Eso decía la abuela Lidia, que también decía que los animales que dan miedo son los más débiles. Que uno agarra a talar el monte y son los primeros que se van. El cóndor sigue muy quieto y muy fijo. Muy encarnizado en mirarte. Se te comienza a abrir el oído hasta volverse un tímpano total. Ahí te percatas de un quejido muy tenue que sale del pulmón del pájaro. Le hace mal la vera del río, el olor a platanal. Haces un esfuerzo para hablar suave y le dices: no se mueva que lo voy a soplar. El cóndor agradece con un movimiento imperceptible de la pata izquierda. Le acercas la cara al pico, que en sí mismo parece un animal. Le soplas un taco de aire seco, definitivo. El ave parpadea, grandes cortinas de piel y noche. Y se va.
Tú sabes que has hecho algo olvidado. Que corres peligro. Que ese soplo que acabas de inventar puede desenterrar cosas que ya no quieres saber qué sabías. Así comienza el frío o el fin. Que hablar con animales llevó a todos a la muerte. Te reprimes. Sabes que seguir el hilo de la recriminación también te va a llevar al recuerdo, y el recuerdo destruye lo único real: dormir comer y cagar."
