Esencial en nuestra biblioteca se ha vuelto el libro "Puta feminista" de Georgia Orellano, figura indispensable (asumiendo que siempre habrá riesgos que tenemos que correr aquellas que nos lancemos a jugar a ser libres en una sociedad que no está preparada para mujeres fuertes), trabajadora sexual, activista feminista y secretaria general de AMMAR (Sindicato de trabajadorxs sexuales de Argentina) desde 2004.
225 páginas que suponen un necesario nuevo azote contra el Patriarcado y también contra el feminismo abolicionista e institucional, tan en boga hoy en día por razones que iréis descubriendo en su lectura si es que no lo habéis hecho ya en vuestro día a día. Y se vienen aquí los fragmentos de un libro autobiográfico donde Georgina narra tantas cosas, como sus comienzos como trabajadora sexual:
[...] me di cuenta de que en dos horas había ganado lo que ella me pagaba como niñera en una semana.Es una opción tentadora, aunque ser puta no es para todas.Como ser niñera, docente, empleada de casas particulares o cajera de supermercado tampoco lo es. Eran mis opciones, tenía claro que no estaba eligiendo libremente pero también que esa no es una situación que atraviesan solo las prostitutas, sino que es el problema de ser pobre. De la falta de oportunidades, de la desigualdad, también de nacer mujer o en un cuerpo femenino. De esta sociedad tan machista en la que ser mujer y pobre te un trabajo como el tuyo condena a trabajos feminizados, mal pagados, trabajos de cuidados y precarios.
Decidí frente a las opciones que tenía, y tengo, por ser mujer de clase trabajadora. Me decidí por el trabajo sexual por la autonomía y la remuneración que podía darme. Esas fueron las razones principales."
O su relación crítica con los feminismos absurdamente abolicionistas:
"Fue así que participé por primera vez del Encuentro Nacional de Mujeres y, como dice el refrán feminista, nadie vuelve igual una vez que estuvo ahí. Eso fue exactamente lo que me sucedió. No volví igual. Regresé odiando al feminismo y, en consecuencia, a todas las feministas. Sentí que las putas teníamos dos enemigos: la policía por un lado y las feministas por el otro.
[...]
Aquellas voces que fomentan el temor y nos arrojan al interior de sus hogares, como si ahí estuviéramos a salvo, son luego las que afirman que «hay que abolir la prostitución porque implica violencia hacia las mujeres, porque los clientes las violentan». Pienso: ¿a qué feminista se le ocurriría abolir los bares, prohibir la libre circulación de las mujeres hasta altas horas de la noche, abolir el sexo casual para impedir la violencia de género? Parece que, para algunas, solo nuestro trabajo implica violencia.
Como si nunca se hubieran cogido a un machirulo. ¿O acaso piensan que solo las putas nos cogemos al patriarcado? Al menos, nosotras les cobramos. Mientras pienso, guardo el gas pimienta en la cartera y no voy precisamente a trabajar, me voy a bailar. Comprendí que TODAS estamos expuestas a sufrir violencia de género por el solo hecho de ser percibidas como «mujer» y disputar el libre uso y la circulación en el espacio público, cuyo monopolio parecen detentar los varones.
Me preguntan:
—¿No tenés miedo?
Y yo contesto:
—No. No tengo miedo. Déjenme correr mis propios riesgos."
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