domingo, 8 de noviembre de 2026

La aparición del Estado como tentativa para destruir el apoyo mutuo

Compartimos algunos fragmentos del importante libro "El Apoyo Mutuo" del maestro Piotr Kropotkin. El llamado príncipe anarquista estaba convencido -y nos acabó por convencer- que las teorías basadas en el darwinismo social, aquellas que defendían que la competición natural entre seres y un mundo basado en el exterminio mutuo eran el único factor evolutivo, estaban equivocadas. De esta forma Kropotkin nos acerca a los conceptos de Apoyo Mutuo e instinto de sociabilidad, leyes naturales que funcionan como factores básicos en la evolución de los seres.

Sin negar que existen la lucha y el exterminio entre muchas especies de animales, el geógrafo y pensador ruso señala que, al mismo tiempo y en proporciones similares, la ayuda y protección mutuas y la sociabilidad se convierten en una ley más de la misma magnitud que la lucha mutua. 

Tras multitud de ejemplos basados en la observación de los animales, Kropotkin referencia a Wallace en su "Darwinism": "Evitad la competencia. Siempre es dañina para la especie, y vosotros tenéis abundancia de medios para evitarla». Tal es la tendencia de la naturaleza, no siempre realizable por ella, pero siempre inherente a ella. Tal es la consigna que llega hasta nosotros desde los matorrales, bosques, ríos y océanos. «Por consiguiente: ¡Uníos! ¡Practicad la ayuda mutua! Es el medio más justo para garantizar la seguridad máxima tanto para cada uno en particular como para todos en general; es la mejor garantía para la existencia y el progreso físico, intelectual y moral".

Y en un repaso histórico por los diferentes casos de apoyo mutuo en las sociedades, que van desde el régimen tribal a la comuna aldeana, llegamos a la Edad Media con sus ciudades y redes de guildas y hermandades, demostrando los avances que produjo el bienestar común. Sin embargo la aparición del Estado, que prohibió las actividades de las comunas aldeanas y comenzó a centralizar y usurpar las tierras comunes, lo cambió todo:

"Debido a esta política fatal y a las guerras engendradas por ella, países enteros, antes poblados y ricos, fueron asolados. Ciudades ricas populosas se transformaron en aldehuelas insignificantes; hasta los caminos que unían a las ciudades entre sí se hicieron intransitables. La industria, el arte, la ilustración, decayeron. La educación política, la ciencia y el derecho fueron sometidos a la idea de la centralización estatal. En las universidades, y desde las cátedras eclesiásticas se empezó a enseñar que las instituciones en que los hombres acostumbraban a encarnar hasta entonces su necesidad de ayuda mutua no pueden ser toleradas en un estado debidamente organizado; que sólo el estado y la iglesia pueden constituir los lazos de unión entre sus súbditos; que el federalismo y el «particularismo» es decir, el cuidado de los intereses locales de una región o de una ciudad eran enemigos del progreso. El estado es el único impulsor apropiado de todo desarrollo ulterior. 

Al final del siglo XVIII., los reyes del continente europeo, el Parlamento, en Inglaterra, y hasta la convención revolucionaria en Francia, aunque se hallaban en guerra, entre sí, coincidían, en la afirmación de que dentro del Estado no debía haber ninguna clase de uniones separadas entre los ciudadanos, aparte de las establecidas por, el estado y sometidas a él; que para los trabajadores que se atrevían a ingresar a una «coalición», es decir, en uniones para la defensa de sus derechos, el único castigo conveniente era el trabajo forzado y la muerte. «No toleraremos un estado en el estado». Únicamente el estado y la Iglesia del, estado debían ocuparse de los intereses generales de los súbditos, los mismos súbditos debían ser grupos de hombres poco vinculados entre sí, no unidos por clase alguna de lazos especiales y obligados a recurrir al estado cada vez que tenían una necesidad común".

Y continúa:

"El resultado obtenido fue que por doquier -en la vida, la ley, la ciencia, la religión- triunfa ahora la afirmación de que cada uno puede y debe procurarse su propia felicidad, sin prestar atención alguna a las necesidades ajenas. Esto se transformó en la religión de nuestros tiempos, y los hombres que dudan de ella son considerados utopistas peligrosos. La ciencia proclama en alta voz que la lucha de cada uno contra todos constituye el principio dominante de la naturaleza en general, y de las sociedades humanas en particular. Justamente a esta guerra la biología actual atribuye el desarrollo progresivo del mundo animal. La historia juzga del mismo modo; y los economistas, en su ignorancia ingenua, consideran que el éxito de la industria y de la mecánica contemporánea son los resultados «asombrosos» de la influencia del mismo principio."

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